John encontró en su escritorio el sobre que estaba esperando. Hacia unas semanas había recibido un aviso desde las Instalaciones del Instituto de Física de Berlín. La persona infiltrada había comunicado que se iba a realizar otra prueba. Según sus informaciones, esta vez parecía que había muchas posibilidades de éxito. John había solicitado que un satélite espía sobrevolara las instalaciones en la franja horaria prevista para la prueba.
Le había costado convencer al general Brown de la importancia de conseguir las fotografías de la prueba. Sobre todo, porque no le había explicado lo que realmente sospechaba que se estaba haciendo en el Instituto de Física. Él mismo no acaba de creerlo. Ahora tenía un grueso fajo de fotografías que cubría toda la zona de lanzamiento desde una hora antes hasta dos horas después. Esperaba que no le defraudaran.
Había pasado las semanas esperando las fotografías haciendo trabajos administrativos para el coronel Adams. Solo la espera de noticias desde Alemania lo había mantenido con ánimos de seguir con sus tareas.
Empezó a examinar las fotografías. Eran grandes, de treinta por cuarenta centímetros, en alta definición. Todavía le asombraba la capacidad de los satélites para conseguir un nivel de detalle tan elevado, además habían tenido suerte, el día de la prueba no había demasiadas nubes.
Las fotografías estaban ordenadas cronológicamente, mostraban una amplia extensión de terreno, con una especie de pirámide tubular llena de mangueras de lo que parecía ser refrigerante y docenas de cables. En la cima de la pirámide había una plataforma con un objeto con forma de cubo. Era difícil saber el tamaño sin una referencia para tener la escala de toda la instalación.
En una de las fotografías había un grupo de personas al lado del cubo, con lo cual pudo estimar que tendría una altura aproximada de dos metros. Era difícil decirlo por la perspectiva cenital que tenían las fotografías. A veces olvidaba que las fotografías estaban tomadas desde más de cuatrocientos kilómetros de distancia.
Fue pasándolas una a una, intentando no mezclar la serie de fotografías. Poco a poco llegó a la hora prevista del lanzamiento. Las fotografías estaban hechas con un intervalo de cinco segundos entre ellas. El ángulo variaba poco a poco debido al movimiento del satélite.
En una de las fotografías el cubo se ha movido respecto a la anterior. Esta suspendido un metro por encima de la superficie de la plataforma. En la siguiente, era un objeto borroso envuelto en una especie de vapor. En la siguiente fotografía ha desaparecido. Su lugar está ocupado por una nube de vapor más espesa. Las siguientes fotografías no mostraban nada salvo el vapor desvaneciéndose. Durante tres minutos la zona estaba vacía, entonces en una sucesión de tres fotografías, se observa una bola reluciente que se expande y en la última fotografía vuelve a aparecer el cubo.
John pasó las siguientes instantáneas rápidamente, hasta llegar al final de la serie. No se veía movimiento en la cima de la pirámide tubular hasta las últimas fotografías. Cuando ha pasado una hora y media desde el regreso de la sonda se observan algunas personas, con trajes de protección radiológica, que parecen estar tomando muestras en los alrededores de la gran instalación.
John soltó un bufido y se reclino en su silla. No sabía cómo interpretar las fotografías y lo que podían representar. Su intuición de agente de campo le decía que era real. Que los alemanes lo habían conseguido, pero era una conclusión demasiado fantástica. No había motivo para que montaran una operación de esa envergadura para ocultar lo que realmente estuvieran investigando. No sabía a dónde podría llevar un proyecto como ese.
Le habría gustado poder comentar todas las dudas con Josef Moler, su compañero de sección, pero hacía una semana había partido con destino desconocido, “…para comprobar unos datos…” le dijo. No sabía cuándo volvería.
Recordó las palabras de la doctora Ross y tuvo un mal presentimiento. Decidió hablar con ella y mostrarle las fotografías antes de decidir su próximo paso.
Para poder enseñarle las fotografías debía conseguirle una acreditación de seguridad, para ello tenía que volver a hablar con el general Brown. No iba a ser fácil.
Llamó a la secretaria del general Brown para informarle de su intención de visitarlo. El general era un hombre muy ocupado, John no quería hacer el viaje hasta la planta superior del edificio sin tener la seguridad de que lo iba a recibir.
Saludó a la secretaría y entró en el despacho. Era un despacho pequeño, con una mesa llena de documentos y una hilera de pantallas en una de las paredes mostrando diferentes informaciones. Le estrechó la mano y tomó asiento en la silla que le indicó.
—General, debo volver a reunirme con la doctora Alexandra Ross, de la Universidad de Filadelfia, para consultarle unos datos técnicos sobre las fotografías del satélite que recibí.
El general le miró pensativo. Confiaba en su agente, de hecho, solía confiar en el criterio de sus agentes con experiencia sobre el terreno, pero creía que John dedicaba demasiado tiempo a las pruebas que se hacían en el Instituto de Física de Berlín.
—¿Por qué es tan importante que la doctora Ross vea estas fotos, John?
—Creo que no sabemos lo que están haciendo en el Instituto. Quiero consultar con la doctora Ross algunos datos técnicos sobre la instalación—. John dudó que una respuesta tan ambigua y evasiva funcionara con el general.
—Háblame del Instituto de Física Aplicada.
—Nació poco después de acabar la guerra, cuando empezaron a lanzar los primeros cohetes al espacio. Desde allí despegó el cohete que puso el primer satélite artificial en órbita. Cuando trasladaron las bases de lanzamiento al sur, se convirtió en un centro de pruebas y experimentación. Desde hace años se dedican a la investigación de nuevos motores para sus cohetes. Hasta hace poco estaba dirigido por el doctor Wankel, pero he descubierto que murió hace unos años y lo mantuvieron en secreto. Ahora dirige las instalaciones el doctor Eric Gaesler.
—¿No sabíamos que el director del principal centro de investigación espacial de Alemania había muerto en un accidente supervisando unas pruebas en sus propias instalaciones? —La sorpresa del general se mezclaba con furia a partes iguales — ¿Dices que lo hemos descubierto de casualidad investigando una intuición de un analista de la sección de Ciencias?
—El Instituto está considerado una instalación secundaria dentro de su programa espacial. No tiene una atención especial por parte de nuestro departamento de Ciencias.
—¿Con todo este consumo de energía? ¿Hasta ahora nadie se había dado cuenta? ¿Quién es el responsable de coordinar la supervisión de sus instalaciones de investigación? Adams, ¿verdad?
—Sí señor, el coronel Adams supervisa la sección de Ciencias —Una sonrisa empezó a dibujarse en la cara de John, pero evitó que el general se diera cuenta.
El general Brown se recostó en su silla y miró fijamente a John, este supo que tendría que dar más explicaciones para convencer a su jefe.
—¿Qué es lo que no me estas contando, John?
—Según los analistas, estas instalaciones son para probar nuevos motores para su programa espacial —John levantó una mano cuando vio que el general lo iba a interrumpir—. Las cantidades de energía eléctrica y de recursos que han dedicado son enormes, no cuadran con lo que dicen que están haciendo. Mire esta gráfica, han dedicado hasta el ochenta por ciento de la producción eléctrica de una central nuclear para alimentar los experimentos que puedan estar haciendo
—¿Qué sugieres?
—Creo que ocultan algo y no sabemos lo que es.
El general Brown miró la gráfica de consumo eléctrico y los datos de suministros de materias primas y levantó una ceja. Fue estudiando detenidamente los diferentes documentos que John le iba mostrando. Hasta que vio las fotografías.
—Estos datos son curiosos, y parece que dan la razón a tus sospechas ¿Quién se dio cuenta que había algo sospechoso detrás de todo esto? —preguntó señalando las fotografías y los documentos.
—Un analista de la sección de ciencia, Mckenzie, me pasó los datos. Creía que podrían estar haciendo alguna investigación secreta en paralelo al desarrollo de los motores para los cohetes lunares. Me pidió que investigara un poco para descartar o confirmar sus sospechas.
—¿Por eso fuiste a Boston y Filadelfia hace unas semanas?
—Si —fue la escueta respuesta de John.
—Pero, encontraste algo que te llamó la atención —le animó el general, para que continuara su explicación.
John volvió a mostrarle las fotografías, y le señalo la cima de la pirámide tubular. Le hizo fijarse en la secuencia de fotos en la que el cubo que había en la cima desaparecía.
—Interesante, esa especie de cubo ha desaparecido ¿Crees que puede tratarse de algún tipo de camuflaje avanzado para no ser detectado por el radar?
—Sí, creo que puede ser algo parecido. Todavía es pronto para poder decir algo con seguridad —se apresuró a añadir.
El general Brown entrecerró los ojos y miró a John durante un largo minuto. Suspiró y autorizó la petición de John.
—Todavía no me cuentas todo lo sabes de este asunto. Tendrás tus motivos y voy a confiar en ti, por el momento. Espero que pronto puedas explicarme todo lo que está ocurriendo.
—Gracias general. En cuanto tenga confirmación de mis sospechas, será el primero a quien informaré.
John llamó a la doctora Ross para concertar otra entrevista, e hizo los preparativos para volver a viajar a Philadelphia al día siguiente.
La doctora Alexandra Ross lo recibió en el vestíbulo del edificio de Física Aplicada de la Universidad. Tras unas frases de cortesía, la doctora Ross guio a John a través de los pasillos del edificio.
—Supongo que ha venido para continuar nuestra conversación en el punto que lo dejamos ¿Puedo deducir que ha habido novedades desde el otro lado del Atlántico? Por cierto —añadió tras unos segundos de pausa—¿Ha visto a alguien haciéndole fotos?
—¿Por qué lo dice? —preguntó extrañado John. Inmediatamente se dio cuenta del sentido de la frase y miró a su alrededor con preocupación.
—Será mejor que continuemos en su despacho —gruñó John, molesto con la sonrisa de la doctora Ross.
Ya en su despacho, John entregó a Alexandra Ross una selección de las fotografías que había recibido.
—Recibimos un aviso desde el Instituto de Física de Berlín, sobre un nuevo lanzamiento del Proyecto Astro. Logré convencer a mi superior, el general Ernst Brown, para que un satélite hiciera un seguimiento del lanzamiento. Estas fotografías cubren una franja de tres horas, una hora antes del lanzamiento y las dos horas siguientes. He separado las fotografías más importantes.
John entregó a la doctora Ross una docena de fotografías. Alexandra las examinó detenidamente con una lupa que cogió de su escritorio.
—Tengo todo el juego de fotografías en el maletín.
Alexandra separó varias de las instantáneas y las volvió a examinar con más detalle cuando llegó a la última.
—Estas son las más interesantes —dijo—. Al menos, para mí.
John la miró extrañado, esperando una explicación. Alexandra señaló la última instantánea de la serie, en ella se mostraba un grupo de personas con trajes protectores de radiación y algún tipo de aparato en las manos.
—¿Recuerda cómo le dije que se podría verificar un viaje al pasado?
—Con muestras radioactivas —respondió John.
—Exacto —Alexandra se inclinó hacia adelante, señalando las personas en las imágenes—. Eso es lo que parece que están haciendo estas personas. Llevan lo que parecen ser trajes de protección radiológica, recogen muestras del suelo alrededor de la zona de lanzamiento.
—Midiendo la descomposición de las partículas podrían saber cuánto tiempo ha transcurrido desde que las soltaron.
—Exacto —repitió Alexandra—. Eso parece que confirma la hipótesis del viaje temporal.
—Podrían estar buscando algún tipo de contaminación —John se encogió de hombros—, puede que hayan tenido algún tipo de perdida de combustible.
—¿Cuál cree que será el siguiente paso en sus pruebas?
—Lo primero debería ser calibrar la sonda que se envía al pasado, para saber con exactitud que época se está visitando. Eso debería llevarles dos o tres viajes de prueba.
—¿Y luego? ¿Cree que intentarán enviar a alguien al pasado para hacer cambios en la historia?
Alexandra sonrió, aquella era una preocupación que siempre aparecía cuando se hablaba de la posibilidad de los viajes en el tiempo.
—Es el siguiente paso lógico. Averiguar a qué tipo de radiaciones está sometida la sonda e intentar enviar un observador al pasado.
—¿Que cree que ocurriría si al enviar a alguien al pasado realiza algún cambio significativo?
Alexandra se reclinó en su silla y respiró profundamente. Aquello era algo que había creado mucha literatura tratando de explicar la solución a las posibles paradojas de viajar al pasado. Había teorías de todo tipo, pero, como era obvio, no se habían podido comprobar. Hasta ahora.
—Podría hablarle de las diferentes teorías que existen —empezó a explicar Alexandra—, pero la verdad es que nadie sabe que podría ocurrir. Es algo que, hasta ahora, no se ha podido experimentar. Elija la que más le guste y trabaje con esa hipótesis.
Alexandra se encogió de hombros.
—Quiero saber su opinión —insistió John.
—Creo que los cambios serán inmediatos y que la persona que viaje al pasado, cuando vuelva a su tiempo presente, podrá observar los cambios y las personas a su alrededor no serán consciente de la antigua realidad.
—Entonces ¿no cree en los universos paralelos?
—No, no creo en la teoría de los universos paralelos. No creo que en cada decisión que tómanos se divida el flujo del tiempo. Pero sobretodo, —Alexandra parecía un poco cansada de ese tema—, nadie sabe que podría ocurrir en un caso como este. No existen precedentes. Cuando los alemanes lo hagan, tendremos la respuesta. Si llegamos a enterarnos.
—¿Todavía cree que todo esto acabará en una guerra entre nuestros dos países?
—Claro ¿cómo cree que reaccionarán los militares cuando sepan que se puede viajar en el tiempo y anular sus tácticas en el campo de batalla? Será imposible perder cualquier tipo de batalla ¿Y las implicaciones en la economía? Se podría volver al pasado e invertir en bolsa sabiendo las empresas que van a subir sus cotizaciones. Es un descubrimiento demasiado peligroso. Existen demasiadas tentaciones para usar algo así para el propio beneficio.
Alexandra suspiró y miró otra de las fotografías.
—Bien —empezó—, estas instalaciones podrían ser cualquier cosa ¿Cuál es la versión oficial del uso de estas instalaciones?
—Es un complejo que depende del Instituto de Física de Berlín para probar nuevos motores para los cohetes lunares.
—La pregunta es obvia ¿tenemos pruebas de esos motores? ¿Hay algún juego de fotografías de pruebas de los nuevos motores para los cohetes lunares?
—Sí, las hay —fue la escueta respuesta de John.
Alexandra miró a John esperando que completara la información.
—En el otro extremo del campo de pruebas, donde se han tomado estas instantáneas, existen dos rampas para pruebas de cohetes. Han estado operativas hasta que hace cuatro años detuvieron las pruebas.
—¿Que ocurrió hace cuatro años?
—Hubo un accidente, en el que murió el doctor Wankel.
—El accidente ¿tuvo lugar en las rampas para los cohetes?
—Sí, creemos que sí. Poco después empezaron a construir esta extraña pirámide.
—Tenemos que descartar toda posible explicación y que el viaje en el tiempo sea la única alternativa posible.
—Tengo que averiguar qué es lo que están haciendo los alemanes —puntualizó John.
Alexandra asintió levemente y volvió a estudiar las fotografías.
—¿Cree que puede ser algún tipo de prueba de combustible? —preguntó John.
—Podría. Eso explicaría la búsqueda de residuos después de la prueba.
—¿Podría ser la prueba de un nuevo motor con algún tipo de combustible experimental?
—Podría —repitió Alexandra—, pero eso no explicaría la desaparición del cubo durante tres minutos.
—Puede haber despegado, y después de un vuelo de tres minutos, regresar. Eso explicaría los restos de vapor alrededor del cubo en las últimas fotografías.
—Estas fotografías muestran un área demasiado grande. Y no muestra ningún resto de combustión propio del vuelo de algún tipo de nave. Además, hay demasiada distancia hasta el borde del área fotografiada, la aceleración debería haber sido brutal.
—Por no decir el frenado.
Quedaron en silencio varios minutos, sumidos en sus propios pensamientos. Finalmente, la doctora Alexandra Ross rompió el silencio.
—Creo que no le queda otra opción que viajar a Alemania y preguntar qué es lo que están haciendo.
John abrió los ojos, sorprendido por la respuesta de Alexandra.
—Mucho me temo que sí.