John salió del recinto del MIT aún más confuso de lo que había entrado. Consultó su consola, buscando el email del doctor Reynolds. Vio tres nombres: dos de ellos estaban dando clases en universidades de la otra punta del país; el tercero, el doctor Alex Ross, estaba en Philadelfia. Decidió que viajaría por la tarde, después de comer y hablar con su superior, el general Brown.
Durante la comida reservó un asiento en el vuelo de la tarde de Boston a Philadelfia. Con los nuevos aviones era un viaje de apenas treinta minutos. Localizó al doctor Alex Ross y pidió una cita a su secretaría para esa misma tarde. Consiguió que lo recibiera a última hora de la tarde, aunque tuvo que usar sus credenciales oficiales para conseguirlo.
Habló con el general Brown mientras se dirigía al aeropuerto. No le explicó la naturaleza exacta del prototipo alemán, así que le explicó que estaba recopilando información para poder presentarle una visión de conjunto lo más completa posible.
Desde el avión, cuando estaban sobrevolando el área de Nueva York, observó las cicatrices de los atentados sufridos los últimos años. Catorce años atrás, la ultra derecha más reaccionaria del país había conseguido un arma nuclear. Había chantajeado al gobierno para conseguir una larga lista de demandas políticas, entre ellas la vuelta de la esclavitud y autorizar la posesión de armas sin ningún tipo de restricciones. Al negarse el gobierno a sus exigencias, habían detonado la bomba en la zona de Wall Street, al sur de la isla de Manhattan. El cráter de la gran explosión aún era visible. Lo sería durante los siguientes años, hasta que el nivel de radiación bajara lo suficiente.
Los disturbios que siguieron a aquella explosión provocaron casi la misma cantidad de muertos. El pueblo norteamericano culpaba al gobierno de la tragedia ocurrida y grupos de agitadores asaltaron los edificios gubernamentales. El presidente respondió desplegando al ejército. Los enfrentamientos entre el ejército y los manifestantes fueron un baño de sangre.
Una grave crisis económica siguió al atentado. Al destruir el centro financiero del país se adoptaron una serie de medidas extraordinarias. Se estableció el Estado de Emergencia y el toque de queda. Se anularon las libertades civiles y el Congreso dio al presidente poderes para actuar y dictar leyes sin que fuera necesaria la aprobación del Congreso o el Senado, convirtiéndose, de hecho, en el primer dictador de la historia de los Estados Unidos. Las detenciones masivas estuvieron al orden de día. Desaparecieron decenas de miles de personas en la represión posterior a los altercados.
Esa época oscura, como empezaban a llamarla, duro diez años. Cuando el presidente dimitió y convocó nuevas elecciones devolviendo el poder a las cámaras legislativas, alegando que la situación ya había vuelto a normalizarse. Pero el país había perdido casi veinte millones de ciudadanos, entre los muertos y los desaparecidos. Ahora tenían otra vez un gobierno democrático.
John se desperezó al detenerse el avión tras el aterrizaje. Para salir del aeropuerto volvió a usar sus credenciales oficiales para no tener que cruzar los controles de seguridad y se dirigió a su entrevista con el doctor Alex Ross.
La secretaria del doctor Ross lo hizo pasar a un pequeño despacho, sin ventanas y lleno de libros y revistas, en una de las paredes había varios diplomas y títulos. Cuando se acercó para verlos mejor un ruido a su espalda le hizo darse la vuelta.
Una mujer joven, de unos treinta y pocos años lo estaba observando desde la puerta. Vestía un traje chaqueta debajo de una bata blanca. Llevaba un montón de expedientes bajo el brazo.
—Supongo de usted debe ser el señor Roberts.
—En efecto. Estoy esperando al doctor Alex Ross.
—Soy yo —dijo la mujer, sentándose tras la mesa—. Mi nombre es Alexandra Ross. Puede llamarme doctora Ross.
John no mostró la sorpresa que sentía. No había comprobado la identidad de la doctora Ross.
—Un placer conocerla, doctora Ross —respondió John, extendiendo la mano.
Alexandra Ross estrecho la mano que le ofrecía John antes de sentarse.
—Debo decir, antes de empezar esta entrevista —empezó John—, que soy agente del gobierno federal y que todo lo que se discuta en esta reunión ha de ser considerado secreto y todo será grabado ¿Lo ha entendido?
—Sí, lo he entendido —respondió algo molesta Alexandra—¿En qué puedo ayudarle?
—¿Está familiarizada con las teorías del doctor Wankel, de Alemania?
—Sí, había leído algún trabajo suyo.
—Hace unos años que no publica nada. O la menos que nos llega aquí.
—Claro, murió en un accidente hace unos dos o tres años.
John se sorprendió por esa información. No constaba en los archivos que había consultado.
—¿Está segura de esa información?
—Estaba trabajando en un proyecto secreto y en uno de los experimentos algo salió mal y murieron varias personas, entre ellas el doctor Wankel. Lo supe hace un año, de casualidad, en un congreso sobre astrofísica al que asistí en Roma.
—¿Conocía sus últimos trabajos? —le entregó un dossier con documentos—. Aquí tiene un resumen de su última teoría ¿Puede leerla y darme su opinión?
Alexandra Ross no respondió, pero empezó a leer los documentos que le había entregado John.
Pasaron casi veinte minutos en silencio. De vez en cuando, Alexandra escribía algo en un papel y hacía cálculos en su consola.
—Muy interesante —dijo al final—. Así que Alemania ha construido una máquina para viajar en el tiempo y la está haciendo funcionar ¿Que quiere saber exactamente?
John se sorprendió. No supo reaccionar sin ponerse en evidencia.
—¿Como lo ha sabido? Me había dicho que no conocía los últimos trabajos del doctor Wankel ¿Está en contacto con alguien del Instituto de Física Aplicada de Berlín? —señaló a Alexandra con el dedo, acusándola—. Todo esto es material secreto.
—No conozco a nadie en Alemania. Ni nadie me ha dicho nada antes, pero, por su reacción, es obvio que tengo razón.
John se quedó en silencio, lamentando haber perdido el control por unos segundos y esperando una aclaración.
—El trabajo del doctor Wankel establece las bases para crear una especie de, digamos, agujeros de gusano. En un principio para enviar sondas y naves espaciales y reducir el viaje a otras estrellas de cientos de años a solo unos pocos. Para que las ecuaciones funcionen y tengan sentido, hay que incluir parámetros temporales, si esta variable se modifica, resultaría que estaríamos viajando en el tiempo.
—¿Porque ha dicho que han construido un prototipo?
—Viajar a través del tiempo en un recurso de la ciencia ficción. Si solo fuera una teoría descabellada, nadie le habría prestado atención. Su visita solo obedece a que alguien le ha prestado atención, en este caso los alemanes, y se lo han tomado en serio. Si lo hubiéramos hecho nosotros, no estaría aquí preguntando mi opinión. Trae un dossier lleno de fotos, supongo que serán de algún tipo de prototipo —se encogió de hombros, quitando importancia a su deducción.
—Tiene razón —tuvo que admitir John.
—¿Que quiere saber?
—¿Cree que es posible construir un prototipo?
—Lo que yo pueda creer poco importa. Usted cree que sí se ha construido, por eso está aquí. Otra cosa será ver si funciona —añadió.
John respiró hondo, la suficiencia de la doctora Ross lo empezaba a cansar. Decidió hacerle preguntas directas.
—Si tuviera que construirlo usted ¿Dónde lo construiría?
—Colocaría el prototipo en el centro de una gran extensión de tierra. Sin ninguna construcción cerca. Al menos en un radio de veinticinco kilómetros.
—¿Por qué?
—No sabemos las consecuencias de enviar un artefacto a través del tiempo. Podría provocar algún tipo de explosión. Es mejor no tener nada cerca que pueda verse afectado —hizo una pausa para ordenar sus ideas—. También debe ser una zona sin grandes cambios geológicos en el pasado. En los últimos miles de años.
—¿Por qué?
—No queremos que la sonda aparezca dentro una montaña que el paso de los siglos ha podido erosionar.
—Entiendo.
John se reclinó en su silla y trato de ordenar sus pensamientos. No sabía si debía seguir esa línea de investigación. Cuando tuviera que explicarlo al general Brown, no le creería y lo tomaría por loco. Debía reunir pruebas irrefutables.
—Si tuviéramos fotografías de la zona donde está el prototipo instalado ¿qué detalles deberíamos observar?
—¿Para confirmar que estamos observando una instalación para viajar en el tiempo? —acabó la frase Alexandra.
—Si
—No lo sé. No sé cómo es el prototipo, ni como han desarrollado los motores o el tipo de sonda o capsula que estarán usando. Probablemente este colocado en lo alto de una torre, a unos cuarenta o cincuenta metros de altura. Rodeado de cables y tuberías e instalaciones similares. Debe ser muy parecido a una rampa de lanzamiento de cohetes orbitales.
John sacó una carpeta y seleccionó una serie de fotografías, que entregó a Alexandra. Esta sacó una lupa del cajón superior de su escritorio y empezó a inspeccionarlas, asintiendo en silencio.
Eran fotografías realizadas desde un satélite espía con una resolución y un nivel de detalle superior a lo que estaba acostumbrada a tratar. Se fijó en la señal de tiempo y las ordeno cronológicamente.
—Al principio creíamos que era una nueva instalación para probar los motores para los nuevos cohetes espaciales alemanes. Están desarrollando unos nuevos motores con más empuje y menos gasto de combustible —explicó—. No se consideró prioritaria su observación hasta que vimos que empezaban a invertir una cantidad astronómica de dinero y recursos materiales en la zona.
John explicó la creación del pueblo y toda la infraestructura de carreteras y ferrocarril para abastecer la comunidad de alimentos y materias primas.
—Tenemos una fuente de información interna. Nos explicó que estaban trabajando en una sonda prototipo basada en el trabajo del doctor Wankel. Fue considerado un proyecto secundario, hasta que hace unos meses algún analista se dio cuenta que se estaba invirtiendo más dinero en este proyecto que en el programa de exploración lunar alemán. En ese momento me encargaron que tratara de averiguar qué es lo que estaban haciendo exactamente los alemanes.
Alexandra siguió examinando las fotografías.
—¿No les dijo su fuente lo que estaban haciendo? —murmuró.
—No. Creemos que no lo sabía.
—O sí lo sabía, pero pensó que no le tomarían en serio.
Siguió examinando las fotografías, murmurando alguna frase en voz baja que John no conseguía entender. Dejó la lupa y le entregó dos fotografías a John.
—Observe estas dos fotografías, según las marcas de tiempo, están tomadas con una diferencia de doce segundos.
—¿Donde tengo que mirar? —respondió cogiendo la lupa.
—En la primera fotografía ha de mirar la esquina superior derecha, en la segunda la parte central. En la primera se observa un artefacto esférico en lo alto de la estructura metálica. En la segunda, ha desaparecido. No se observa ningún tipo de movimiento, solo una leve estela de vapor alrededor de donde estaba la esfera. Y los cables que le suministraban energía han caído al suelo.
—Cierto, no lo había detectado. Parece una esfera de unos cinco metros de diámetro. En una fotografía está y en la siguiente no aparece —levantó la mirada hacia la doctora Ross—¿Que cree que significa?
Alexandra suspiró y señaló las marcas de tiempo.
—Entre las dos fotografías, si los datos son correctos, han transcurrido doce segundos y la esfera ha desaparecido. No se observa ningún medio de transporte que la pudiera transportar, ni ningún tipo de trampa subterránea que la haya ocultado —hizo una pausa para enfatizar la siguiente frase—. Tampoco se aprecia evidencias de un lanzamiento. En menos de doce segundos han hecho desaparecer una esfera de unos cinco metros y unas cuantas toneladas de peso ¿Tengo que decirle lo que parece?
John se resistía a llegar a la misma increíble conclusión que Alexandra.
—¿Me está diciendo que ha desparecido porque ha viajado en el tiempo?
—Ha sido usted quien ha venido a mostrarme las teorías del doctor Wankel. No se haga ahora el sorprendido si no le gustan las respuestas que ha encontrado.
—Puede haber una explicación más simple. Puede ser que se haya cometido un error en el procesado de las fotografías.
—Son idénticas, hasta coinciden las sombras de las nubes.
John esta abrumado por el hallazgo que acaban de realizar. Su mente racional de militar se resistía a creer en algo tan fantasioso como los viajes en el tiempo. No se veía capaz de defender su existencia ante sus superiores sin que lo tomaran por loco. Antes tenía que descartar otras posibilidades.
—No puedo presentar un informe basado en solo dos fotografías. Debo tener pruebas mucho más sólidas.
—Yo tampoco lo creo. Es probable que tenga una explicación mucho más sencilla —dijo Alexandra— ¿Porque no vuelve a aparecer la sonda en las siguientes fotografías de la serie?
—Según nuestro informante han tenido problemas con el encendido de los motores en el viaje de vuelta. No sabíamos que quería decir, ahora parece que todo encaja —John se levantó de su silla y paseó nervioso por el pequeño despacho— ¿Cómo podrían verificar que la sonda ha viajado al pasado?
—Fácil. Cuando la sonda llega a su destino, deja caer algún tipo de sustancia radioactiva. Algo que no tenga efectos nocivos para las personas que puedan estar por las cercanías. Luego se mide la descomposición radioactiva de los isótopos y se sabe el lapso de tiempo transcurrido. Es algo trivial.
—Nos consta que tienen repartidos por toda la instalación detectores radiológicos y que hacen constantes exámenes de la tierra de la instalación. No entendíamos el motivo.
Alexandra hizo un gesto de asentimiento. Ella no sabía que pensar de todo aquel asunto, le complacía que hubiera sido su primera opción para verificar la respuesta del doctor Reynolds, pero todo le resultaba demasiado aterrador. No creía que fuera realizable. Era algo demasiado complicado que abría una serie de alternativas que, simplemente, no creía que condujeran a nada bueno.
—Las opciones y consecuencias de esto, si realmente tienen éxito los alemanes, son terribles —dijo.
—¿A qué se refiere?
—Piénselo. Si ahora existe el viaje en el tiempo, existirá siempre.
John hizo una mueca, no entendía el razonamiento de Alexandra.
—El tren se inventó hace más de doscientos cincuenta años, desde entonces siempre ha existido el tren en nuestra civilización. Con el automóvil lo mismo, desde que se inventó lo hemos tenido entre nosotros.
—Entiendo.
—Si ahora existe el viaje en el tiempo, seguirá existiendo dentro de cien años, o de quinientos ¿Quién sabe? Es posible que dentro de mil años se organicen viajes para ver cómo se construían las pirámides, o ver el descubrimiento de América —se encogió de hombros—, turismo en el tiempo.
—¿Podríamos tener turistas ahora, circulando por Philadelfia?
Alexandra empezó a reír.
—Claro, este es un momento histórico. Hemos llegado a la conclusión de que el viaje es posible. A partir de este momento los Estados Unidos dedicarán sus esfuerzos a construir su propia máquina temporal. Puede que tengamos ahí fuera un grupo de turistas y cuando salga le hagan fotos de recuerdo. Si no, la alternativa es terrible.
—¿Por qué?
—En nuestra historia, la perdida de tecnología solo se ha producido por un motivo. La guerra. Si desaparece el conocimiento que ha producido las teorías del doctor Wankel, será por la guerra. Y en nuestros días, una guerra entre Alemania y Estados Unidos, será una guerra nuclear, con todo lo que ello implica.
Se quedaron en silencio, asimilando las conclusiones de Alexandra. John creía que la reunión ya había llegado a su fin. Se despidió, recordándole que todo lo que habían hablado era secreto y que no podía comentarlo con nadie. Salió del despacho y cuando salió a la calle, no pudo evitar mirar a su alrededor, por si había alguien haciendo fotografías.