John Roberts golpeó el codo de su compañero. Estaban vigilando la entrada de una pequeña librería en un barrio de la periferia de Madrid. Llevaban casi cuatro horas sentados en la parte trasera de una vieja furgoneta, soportando la incomodidad de no poder moverse en un espacio tan pequeño.
—Despierta Patrick, empieza la acción.
Cuando John vio, a través del sucio cristal del lateral de la furgoneta, como una mujer entraba en el establecimiento, despertó a su compañero. Este, que estaba adormilado a su lado, empezó a activar las cámaras y los sistemas de grabación de la furgoneta para grabar toda la acción.
—Colibrí —fue la breve respuesta de John.
—¿Sola?
—Eso parece.
La tienda era una tapadera de los servicios secretos alemanes, desde donde se recogía la información que recopilaban sus agentes en la península Ibérica y la enviaba a Berlín. El equipo de John llevaba dos meses buscando a un agente doble que filtraba información desde la embajada de Estados Unidos. Hasta que detectaron el origen de la filtración, había pasado una parte importante de los planes operativos y los nombres de algunos de los agentes americanos en el sur de Europa. La CIA los había enviado desde Estados Unidos para localizar la fuente.
La mujer que había activado a John y Patrick era el contacto alemán. Todavía no sabían quién era su fuente en la embajada. Esperaban que estableciera contacto esa noche en la librería.
La mujer entró en la tienda y se dirigió al fondo, quedando oculta a la vista desde el exterior. Habían colocado varías cámaras ocultas en la tienda unos días antes. En las pantallas se podía ver a la mujer hojeando un libro.
—¿Quién crees que será el topo? —preguntó Patrick.
—Hemos reducido la lista a ocho nombres, pero no hay ninguno que destaque.
—¿Y si no está en la lista? Y si es alguien que no hemos valorado.
—Pronto lo sabremos —John se encogió de hombros.
Tras veinte minutos, la mujer empezó a impacientarse. Parecía que su contacto llegaba con retraso.
—¿Han salido todos de la embajada? —Pregunto Patrick.
John comprobó una lista de nombres en su ordenador antes de responder.
—Si. Ya no queda nadie.
—Atento —murmuró Patrick—, está entrando una pareja en la tienda.
En ese momento entraba una pareja mayor cogida de la mano. Parecía un matrimonio de jubilados. Colibrí se movió en las pantallas y quedó oculta detrás de una estantería, no se podía ver lo que estaba haciendo, lo que preocupó a los dos agentes que la estaba vigilando.
—No se ve nada de lo que ocurre —gruñó John—. Voy a entrar.
—Recuerda las ordenes —dijo Patrick, algo irritado—. Somos solo un equipo de observación, no debemos intervenir. Nuestra prioridad es saber quién es el topo en la embajada.
—Descuida.
John salió de la furgoneta y cruzó la calle. Estaba bastante concurrida, era la hora de volver a casa después de la jornada de trabajo. Atravesó la acera y entró en la librería. Saludo a la dependienta y se dirigió al fondo del local.
Localizó a la agente alemana, Colibrí. Seguía hojeando un libro de filosofía. El matrimonio mayor estaba mirando libros en la sección infantil. Probablemente un regalo para un nieto, pensó John.
Cogió un libro y lo revisó, mientras observaba con disimulo al resto de personal de la tienda. La agente alemana parecía impacientarse mientras el matrimonio mayor seguía revolviendo libros. Entró una chica joven, que fue directamente a hablar con el vendedor, al que saludo con dos besos en las mejillas, parecían viejos amigos.
John sospechaba que algo no iba bien. Tal vez el contacto en la embajada había sospechado algo y por eso no se había presentado. La agente alemana, Colibrí, dejó el libro que tenía en las manos y se dirigió hacia la salida. John decidió seguirla.
Al salir a la calle, Patrick le hizo una señal desde la otra acera. Le decía que debían abortar la misión, John decidió ignorarlo y seguir a la agente alemana.
—¿Qué estás haciendo? —protestó por el auricular que llevaba John—. Nuestras ordenes son vigilar la tienda.
—Puede llevarnos a otro punto de contacto —explicó John—. Así podremos tener una segunda oportunidad.
Colibrí entró una calle lateral y John la siguió. Al girar la esquina fue consciente de su error. La mujer había cruzado la acera y lo estaba observando protegida desde el interior de una portería. Empuñaba un arma en su mano derecha, pero no lo estaba apuntado. John se quedó inmóvil mirando a su rival, se encogió de hombros, aceptando la derrota y esperó que la mujer se escapara.
Patrick entró en ese momento en la calle. Al ver el arma, se agachó y también sacó su pistola.
—¡No! —gritó John, intentado detener a su compañero.
Patrick disparó su arma, fallando el objetivo. John se agachó y sacó su pistola. Se escuchó otro disparo y vio a Patrick caer. El hombre mayor que había entrado en la librería unos minutos antes, estaba empuñando un arma apuntando a John.
Disparó dos veces, sin pensarlo siquiera, fruto de los años de entrenamiento. El hombre mayor cayó sobre la acera. Escuchó otro disparo, que se estrelló en la pared, a pocos centímetros de su cabeza. John rodó sobre su hombro y disparó en la dirección de dónde provenía el disparo.
Se agachó detrás de un coche y se arriesgó a mirar por un lateral. COLIBRI había desaparecido. Todavía con el arma preparada, comprobó el estado de su compañero. Aún respiraba, pero estaba inconsciente. El hombre mayor yacía en un charco de sangre, estaba muerto. Apareció la mujer y al ver a su marido muerto empezó a gritar. John levantó las manos, para intentar calmarla, pero al ver la pistola la mujer grito aún más fuerte y huyó pidiendo auxilio.
Se empezaban a escuchar las sirenas de la policía que se acercaban. La situación de repente se había vuelto mucho más complicada. Recogió el arma de Patrick y le revisó los bolsillos, recogiendo cualquier evidencia que pudiera identificar a Patrick y se fue.
Horas después, cuando llegó al piso franco, tenía una docena de mensajes esperando pidiendo explicaciones sobre lo ocurrido. La situación era caótica. En las noticias, por televisión, hablaban de un tiroteo en el que había muerto un ex policía que había acudido a ayudar a una mujer que estaba siendo asaltada por dos hombres.
La operación fue cancelada, John tuvo que volver a Washington a dar explicaciones sobre lo ocurrido. Patrick Moose tras ser operado, salvó la vida. Tuvo que ingresar en prisión, de donde escapó cuando ya estuvo recuperado. No se consiguió averiguar cuál era la fuente en la embajada de Madrid, que tras el incidente se asustó y detuvo las filtraciones.
Para John, toda la operación fue considerada un fracaso. No habían conseguido descubrir la persona que filtraba la información, se habían descubierto al seguir a Colibrí, dejándola escapar y había muerto un civil. El gobierno español protestó cuando fue informado por los alemanes de la operación y exigió un castigo para John.
John fue degradado y castigado a un trabajo administrativo en Washington. Era el primer paso para forzarlo a una renuncia.