John apuró el café y miró por la ventanilla del avión. Estaban sobrevolando Gran Bretaña a una altura de unos 8000 metros. El avión estaba iniciando la fase de descenso para aterrizar en Hamburgo.
Le había costado convencer a su superior para hacer el viaje a Alemania, lo había acabado de convencer de la posibilidad que los alemanes hubieran descubierto un nuevo método para camuflar objetos “…algún tipo de invisibilidad a la observación electrónica…” dijo el general.
Desde la reunión con la doctora Ross, Alemania había hecho otra prueba. Esta vez el objeto había desaparecido durante diez minutos. Lo habían monitorizado con dos satélites y el cubo que había sobre la gran pirámide tubular, simplemente desaparecía. No aparecía en ningún registro durante los diez minutos de la prueba.
Eso alarmó al general, pidió explicaciones sobre lo que estaban haciendo en el Instituto de Física de Berlín. John siguió insistiendo en el camuflaje activo. No se atrevía a decirle a su superior que podían estar viajando en el tiempo.
Al final consiguió que autorizara su viaje a Alemania. Viajaría como agregado comercial del gobierno. Era un tópico que seguían usando para cubrir las tareas de espionaje. Todos lo sabían, pero no importaba.
John repasó su plan de viaje. Tras presentarse en el consulado de Hamburgo y poner al corriente al responsable de la zona, se desplazaría a Berlín para intentar contactar con el agente doble del Instituto. No sería fácil, ya que no sabía su verdadera identidad. Hasta ahora solo había contactado con los americanos a través de mensajes que recogía un agente local y los transfería a la embajada, y desde allí, a Estados Unidos.
Había repasado la lista de trabajadores del Instituto, al menos de los científicos que podrían intentar contactar con los americanos. Una lista que sabía que no era completa, faltaban muchos trabajadores no cualificados. Por la calidad de la información que había transmitido, no creía que fuera ninguno de ellos. Sobre los científicos, estaban casi todos, con sus anotaciones personales y grado de afinidad con el partido. Pero era una información incompleta.
Aun sabiendo eso, había seleccionado una serie de nombres. Debía tener mucho cuidado, ya que cualquier paso en falso podía poner a los servicios de inteligencia alemanes sobre aviso.
Repasó la lista de tareas que tenía previsto hacer y tras una última lectura la destruyó meticulosamente. No podía arriesgarse a que cayese en manos de algún agente alemán.
La azafata avisó a los pasajeros que estaban a punto de aterrizar. John recogió los documentos y los guardó en su cartera. Miró el reloj y vio que tenían unos minutos de adelanto sobre el horario previsto de tres horas y media en el trayecto desde Washington hasta Hamburgo. Volaba a Hamburgo para no despertar sospechas sobre su verdadero destino.
Tras aterrizar, cruzó la aduana sin problemas mostrando su pasaporte diplomático. Lo estaba esperando un agregado del consulado americano. Tras una breve presentación fueron hacia la zona de aparcamiento y montaron en su vehículo.
—Bienvenido a Alemania, soy Peter Wells —se presentó el agente—. Cualquier cosa que necesites, me lo dices y te lo conseguiré.
—Gracias. Soy John Roberts.
—Lo sé. Me ha comentado el general Brown que quieres viajar a Berlín, a investigar sobre el Instituto de Física Aplicada.
—Sí, creemos que, por casualidad, han encontrado algo nuevo y queremos averiguar de qué se trata. Las primeras hipótesis son que están investigando sobre un nuevo sistema de camuflaje activo para vehículos.
—¿En serio? —Peter levantó una ceja— Creía que dedicaban a investigar sobre motores para sus cohetes.
—También hacen algo más, que ha despertado la curiosidad de Washington.
—Y te han mandado a investigar de que se trata —completó la frase Peter.
John le guiñó el ojo, en señal de aprobación. Decidió no dar muchas más explicaciones sobre el verdadero motivo de su viaje.
—Nos están siguiendo —dijo Peter, tras unos minutos de silencio.
—Me pareció ver en el aeropuerto un par de tipos que nos seguían sin mucho disimulo.
—Sí, yo también los vi. Se trata de un comité de bienvenida, para que no olvidemos que estamos en su territorio.
—¿Debemos preocuparnos?
—No demasiado —sonrió Peter—. Nos seguirán hasta el consulado. Mañana saldrás en algún vehículo camuflado y podrás ir a donde quieras sin que tengas compañía.
John intentó mirar por el espejo retrovisor el coche que le había indicado Peter, pero no fue capaz de identificar a los conductores, estaba anocheciendo y el reflejo de las luces le impidió fijarse en sus caras.
—¿Cuánto tardaremos hasta el consulado?
—Media hora, más o menos.
John fue observando el paisaje por el que discurría la autopista. Estaban atravesando una zona industrial. Podía observar una gran cantidad de naves industriales y fábricas, algunas con humeantes chimeneas. Sabía que, en aquella región, la mayoría de los trabajadores de las fábricas eran de origen eslavo. Algunos descendientes de los prisioneros rusos de la segunda guerra mundial, otros traídos a la fuerza de los pueblos y ciudades de Rusia para alimentar la industria alemana de mano de obra barata.
Las autoridades alemanas se preocuparon de mantener a los trabajadores rusos en guetos, separados de los alemanes, para impedir la mezcla de razas. Poco a poco los trabajadores lograron alcanzar el estatus de ciudadanos, aunque seguían con el estigma de ser descendientes de los perdedores de la guerra. Nunca podrían alcanzar puestos de responsabilidad dentro de la sociedad alemana.
Los puestos de responsabilidad eran ocupados por alemanes verdaderos. La sociedad alemana era profundamente racista. A John le recordaba los Estados Unidos del siglo XIX. Había sociólogos que opinaban que con el tiempo la sociedad alemana acabaría en una guerra civil, como le ocurrió a Estados Unidos. John no lo creía, ya que apenas había grupos de opinión que defendieran la integración de las clases más desfavorecidas. Además, se recordó, cuando surgía alguna voz discordante con el régimen, simplemente desaparecía.
La sociedad alemana todavía valoraba, a pesar de las décadas transcurridas, el hecho de pertenecer a una familia que se hubiera distinguido en la gran guerra. Todos los representantes públicos, alcaldes, presidentes de regiones, etc. Tenían un antepasado que participó en la guerra de forma distinguida.
—He leído el informe de lo ocurrido en Madrid —comentó Peter.
John no dijo nada, se limitó a soltar un bufido a modo de protesta.
—A veces las cosas no salen como estaba previsto —añadió Peter.
—Sí, no salen como estaba previsto.
—Tu compañero, consiguió regresar a casa ¿verdad?
—Si.
Peter intentó otro enfoque para seguir la conversación.
—¿Fuiste militar?
—Si —fue la breve respuesta de John.
—¿Dónde estuviste destinado? —Peter parecía tener ganas de hablar— Yo estuve quince años en la Marina, viajando por el Pacífico. Tuvimos algo de acción en el sur de Japón.
—Infantería de Marina, diecinueve años. La mayor parte de ellos en el norte de África.
—El norte de África —repitió con admiración Peter—. Allí hubo acción de la buena. ¿Viste algo de primera mano?
John se encogió de hombros y permaneció en silencio, sabía que la mención al norte de África siempre era el inicio de una serie de preguntas sobre las pequeñas guerras en las que Estados Unidos se había visto envuelto durante un periodo de veinte años. Él había participado en varias de ellas, hasta que fue herido y en el periodo de recuperación un agente de la CIA le propuso trabajar con ellos. De aquello hacía ya diez años.
—Entiendo —murmuró Peter—, perdona la pregunta. Demasiados recuerdos.
Permanecieron en silencio el resto del viaje, dejaron atrás la zona industrial y tras atravesar una zona boscosa, empezaron a ver los suburbios de la ciudad.
—Llegaremos en menos de cinco minutos. Iremos directos al consulado o prefieres hacer alguna parada antes.
—Vamos al consulado.
El destino final de John era Berlín. Pasaría la noche en Hamburgo y partiría al día siguiente.
Al llegar al consulado John se presentó al jefe de zona. Era un trámite de cortesía. No esperaba, ni necesitaba, su ayuda.
Peter Wells se despidió de John, deseándole suerte en su misión. John fue al encuentro de David Jones, un antiguo coronel del ejército que ahora tenía a su mando a los agentes que operaban en aquella zona de Alemania.
—Buenas tardes, John
—Señor Jones, encantado de conocerle.
—¿Que podemos hacer para ayudarle?
—Mañana debo viajar a Berlín, con que me faciliten un transporte, será suficiente.
—Eso será fácil de arreglar.
John se acomodó en la habitación que le asignaron. Repasó sus notas, para preparar su viaje a Berlín.
Al día siguiente se despidió del personal del consulado y salió escondido en una furgoneta de reparto que lo dejo en el centro de la ciudad. Allí cogió un autobús y estuvo viajando al azar, comprobando si algún agente alemán lo seguía.
Cuando estuvo satisfecho se dirigió al aparcamiento que le habían indicado, donde un coche lo estaba esperando para ir a Berlín.
Revisó el coche, en busca de localizadores o micrófonos ocultos. Cuando estuvo satisfecho emprendió el viaje. Tomó las precauciones habituales, dando un rodeo para llegar a su destino.
Ahora empezaba el auténtico reto de su viaje.
No sabía quién era el agente doble en el Instituto de Física Aplicada. El nombre en clave asignado era COPERNICO. El método que usaba para contactar con los servicios de inteligencia americanos era muy sencillo, pero muy eficiente para mantener su anonimato. Dejaba notas detrás de una baldosa suelta en los lavabos de hombres de un bar en la zona centro de Berlín. Era un bar con una gran afluencia de público. John sospechaba que las notas se colocaban el día anterior, coincidiendo con el principal partido de futbol de la liga alemana. En ese momento el bar estaba lleno a rebosar de clientes. Cuando el agente americano la recogía llevaba escondida al menos dieciocho horas. Era un método sencillo y eficiente para evitar que lo descubrieran.
La primera vez COPERNICO abordó a un agente de la embajada que estaba con su familia cenando en el bar. Lo siguió cuando fue al lavabo y cuidando que no le viera la cara, le indicó donde tenía que buscar. Tras unos segundos de incertidumbre, el agente levantó la baldosa y vio un sobre en su interior. Desde entonces cada viernes iba al bar a cenar, a veces solo, en otras ocasiones acompañado de su mujer e hijos.
Al principio, dudaron sobre la veracidad de los mensajes. Podría tratarse de una trampa de los servicios de contraespionaje alemanes para crear desinformación. Pronto vieron que la información era lo bastante buena como para pasarla a Washington. Allí no la tomaron en serio y fue pasando por varios despachos hasta que llegó a manos de Mckenzie, quien tuvo la intuición de que podía ser algo importante. Se la pasó a John para quitársela de encima.
John entró en Berlín por la gran avenida de la Victoria, era viernes y quería ver el sitio donde dejaba sus notas COPERNICO.