El suave zumbido del motor estaba adormeciendo al doctor Geisler mientras leía el informe sobre el último fracaso de su departamento. El informe era breve y conciso, como le gustaban a él, odiaba los informes demasiado largos que no daban datos exactos y se perdían en absurdos rodeos.
Indicaba de forma clara el origen del fallo en el proceso y las causas que lo habían provocado. También valoraba los posibles resultados en caso de aplicar las soluciones aportadas. Tenía un anexo con los costes de las diferentes propuestas. En esta fase del proyecto el presupuesto destinado ya se había multiplicado por diez, y seguía creciendo. Tenía detrás de él a todo el Ministerio de Ciencia y Tecnología presionándolo para conseguir resultados positivos. Sabía que estaba en la cuerda floja y que su posición estaba cuestionada.
Cerró la carpeta y miró por la ventana del coche. No reconoció las calles por las que circulaba. Eso lo alarmó por unos segundos.
—Walter ¿Dónde estamos? —preguntó al chofer—. Por aquí no vamos hacía mi casa.
—Hoy es el cumpleaños de su sobrino, doctor Geisler. Esta mañana me ha dicho que lo condujera a casa de su hermana.
Eric Geisler maldijo su memoria. Hoy era el cumpleaños del hijo de su hermana. Toda la familia y sus amigos estarían celebrando la fiesta de aniversario. Cumplía dieciséis años.
—Gracias Walter, se me había olvidado por completo —suspiró.
Walter asintió levemente con la cabeza al tiempo que disimulaba una sonrisa.
Retomó la lectura del informe. Volvió a leer el último párrafo donde se explicaba, de una manera un tanto ambigua, que las medidas que se proponían para que el experimento funcionara, ya se habían aplicado las anteriores ocasiones, y que no habían funcionado. Era una forma elegante de admitir que no sabían porque no funcionaba el prototipo que habían construido.
Eric desplegó su consola y escribió un correo electrónico a su ayudante, el doctor en física teórica Gunter Hassel donde le pedía que volviera a redactar el último párrafo cambiando el enfoque mostrando más confianza en el proyecto.
Cuando el vehículo se detuvo, reconoció la casa de su hermana. Vio en el jardín exterior a un grupo de niños jugando. Reconoció a sus dos hijos y a sus primos. Estaban jugando a soldados. Eric hizo una mueca, no le gustaba el ejército, creía que tenía demasiada influencia en la sociedad actual.
Eric bajó del coche y saludo a sus hijos, que lo saludaron brevemente sin interrumpir el juego. Tenían ocho y diez años. Entró en la casa saludando a la familia allí congregada. Buscó a su mujer, estaba hablando con un joven vestido con el uniforme de los Jóvenes Reclutas por la Patria.
—Hola Berta —saludó a su mujer, se fijó en el joven con el que estaba hablando y se asombró— ¿Karl? No te había conocido con este uniforme.
Eric dio un cálido apretón de manos a su sobrino Karl.
—Hola tío Eric. Esta mañana he ido con mi padre a alistarme —el joven se mostraba orgulloso de su uniforme.
—Felicidades, por tu cumpleaños y por tu incorporación al ejército.
—Disculpadme, pero me están llamando —el joven se dirigió hacia el otro lado de la sala, donde había un grupo de jóvenes de su edad, sus amigos del instituto. Cuando llegó con ellos se abrazaron y rieron señalando el uniforme de Karl.
—Hola Eric —Berta dio un beso a Eric, a modo de saludo—, muy hábil al darle la mano, en lugar de un beso como hiciste hace un mes.
—La verdad es que con el uniforme no me he atrevido a darle un beso —ambos rieron con ganas.
El matrimonio salió al patio trasero de la casa a saludar al resto de la familia y sus invitados.
—¿Cómo ha ido el día, Eric? —preguntó su mujer cuando volvieron a estar a los dos solos.
—Mal. No conseguimos que el prototipo funcione —Eric suspiró.
—¿Sabéis dónde está el error?
—Creo que sí. Todo apunta a que no tenemos suficiente energía para que los motores arranquen en el viaje de regreso. Pero según los cálculos de consumo, debería tener energía más que suficiente.
—¿Son correctos los cálculos? —preguntó su mujer. Eric la miró algo ofendido. A veces olvidaba que ella también había estudiado física. De hecho, se habían conocido en la facultad de Física de Berlín y habían trabajado juntos hasta que nació el primero de sus hijos. Entonces decidieron qué se quedaría en casa a cuidar a sus hijos y cuando fuesen mayores retomaría su trabajo. Eric, de vez en cuando, comentaba con Berta algunos aspectos de su trabajo. En alguna ocasión le había servido de ayuda para encontrar nuevos enfoques.
A Eric le gustaba hablar con su mujer de su trabajo, aunque sabía que no debía hacerlo, ya que estaba considerado alto secreto.
—Los hemos revisado una docena de veces. El dispositivo tiene energía de sobras.
En ese momento fueron interrumpidos por el llanto de un bebe.
—Hola Eric y Berta —les saludo una mujer sosteniendo un bebe que no paraba de llorar.
—Hola Ulrika ¿Qué le pasa al bebe? —Ulrika era una de las primas de Eric.
—Creo que tiene el pañal sucio. Ahora iba a cambiarlo, pero antes os quería saludar. Berta, ¿me puedes ayudar?
—Claro. Hasta luego, Eric —la mujer de Eric acompañó a Ulrika al dormitorio a cambiar el pañal. Estaban unidas por una gran amistad, Eric estaba seguro que, durante la siguiente hora, no tendría noticias de ninguna de las dos.
Eric fue a buscar algo de bebida y se encontró con su cuñado Albert, el marido de su hermana.
—Hola Eric, me alegro de verte.
—Hola Albert. Habéis organizado una fiesta muy bonita para Karl.
—Si —sonrió orgulloso Albert—. Karl tenía muchas ganas de alistarse en el ejército. De momento ha dado un primer paso entrando en los Jóvenes Reclutas por la Patria. Dentro de dos años, cuando cumpla los dieciocho, dará el paso para alistarse en el ejército.
—¿No quiere estudiar en la universidad? Creía que le gustaba la historia.
—Eso era antes. Ahora quiere ser piloto de aviones. Quiere ser astronauta y viajar a la nueva base lunar que se está construyendo. Tu siempre pensando en estudiar —Albert dio una palmada en el hombro a Eric—, a veces se me olvida que eres una rata de biblioteca, siempre estudiando.
—¿Cómo te va por el ministerio? —Eric quiso cambiar de tema, preguntando a Albert por su trabajo. Albert tenía un cargo intermedio en el Ministerio de Seguridad. Este ministerio era el que aportaba la parte más importante de los fondos de la investigación de Eric. No sabía exactamente a que se dedicaba Albert. Él nunca era muy específico en los detalles de su trabajo. Eric sospechaba que era un simple administrativo que se daba aires de grandeza, presumiendo de los rumores que oía en los ascensores.
—Tenemos mucho trabajo con toda la información que llega desde Rusia. Se está preparando algo grande —añadió bajando algo la voz—. Y a ti ¿cómo van tus experimentos en el instituto?
—Estamos avanzando. La verdad es que estamos haciendo grandes progresos.
Albert le interrumpió, alegando que tenía que saludar a un conocido. A pesar de los años que hacía que se conocían, nunca había tenido una buena relación con Albert. Siempre le había parecido una persona demasiado superficial.
Eric volvió a quedarse solo. Pensó en la situación de Albert en el ministerio. Gran parte de su trabajo estaba financiado por el ministerio de Seguridad. Si Albert sabía algo del trabajo de Eric, nunca había dicho nada. Lo que demostraba que su cargo no tenía la importancia que insinuaba que tenía.
Reflexionó sobre la situación actual de Rusia. Desde la guerra, Rusia había sido un estado títere bajo el control de Alemania. Los dirigentes rusos eran elegidos por el gobierno alemán. Durante la guerra las tropas alemanas llegaron hasta los montes Urales, la tradicional frontera entre Europa y Asia. Allí se había fijado el limite oriental de la nueva Alemania y sus estados satélites. En el otro extremo de Europa, España fue un fiel aliado durante la guerra, igual de Italia, ambos países con dictaduras afines a las directrices alemanas. La Rusia Oriental, como se llamaba a los restos de la antigua Unión Soviética, estaba pasando por una de las peores crisis, con millones de desplazados a causa de una persistente sequía y malas cosechas de cereal. Desde la perdida de los campos petrolíferos del sur del país y las grandes llanuras de Ucrania donde se cultivaba cereal, en manos alemanas desde la guerra, la economía rusa no había sido capaz de encontrar soluciones a la falta de recursos.
En la televisión mencionaban estos datos, alabando la buena gestión de Alemania con las cosechas y ofreciendo ayuda a los vecinos rusos, en un intento de mejorar las relaciones entre los dos grandes países. Aunque no faltaban voces, del sector más radical del partido, que alertaban del peligro de alimentar y ayudar a un país considerado como enemigo y apoyaban la opción de una nueva invasión para acabar de derrotarlo y expandir el territorio alemán hasta el Pacífico.
Eric se sobresaltó al notar en su mano algo frío y húmedo. Su hijo pequeño, Franz, le había cogido la mano.
—Franz, ¿qué has estado haciendo? —le regañó—. Tienes la ropa sucia y estas lleno de barro.
—Estábamos jugando a los soldados y me han matado. Tuve que caer al suelo —se encogió de hombros el niño.
—Vamos a lavarte las manos antes de comer el pastel de cumpleaños de tu primo, que ya están a punto de sacarlo.
El resto de la tarde transcurrió sin grandes sobresaltos, comiendo pastel y saludando a familiares y amigos.
Cuando regresaron a su casa, tras acostar a los niños, comentaron como había transcurrido el día.
—Ulrika me ha dicho que vuelve a estar embarazada —le susurró Berta.
—¿Por qué me lo dices en voz baja? Los niños ya están dormidos y nadie está escuchando.
—No lo sé —respondió Berta sonriendo—, me ha dicho que no dijera nada a nadie, que está de ocho semanas y no quiere que se sepa todavía.
En la televisión volvían a hablar de las relaciones con Rusia.
—¿Sabes que me ha dicho Albert sobre Rusia? —comentó Eric, señalando la televisión.
—Que se está preparando algo grande —se burló Berta—. Siempre dice lo mismo de cualquier tema. Creo que se dedica a hacer fotocopias y de vez en cuando consigue leer algo de información y lo usa para darse crédito.
—Supongo que sí. Nunca me ha dicho nada de mi trabajo en el instituto. Y eso que el ministerio financia la mayor parte. Mañana tenemos una reunión muy importante —añadió.
—¿Sobre el futuro del proyecto?
—Sí. Si no conseguimos resultados pronto, me despedirán.
—¿Tan mal está la situación?
—Llevamos más de cinco años con este proyecto. Solo hemos alcanzado la mitad de los objetivos. Hemos perdido cuatro prototipos. Quién sabe dónde estarán.
—Pero, según la teoría del doctor Wankel, deberían volver por si solos en las instalaciones de prueba.
—Si —Eric suspiró—. Al no volver de forma autónoma, siembra dudas en todo el equipo sobre la teoría del doctor Wankel. De hecho, si no conseguimos que los prototipos regresen, todo este proyecto no sirve para nada. Por eso estamos tan perdidos. Pero se han revisado los cálculos y todos los principios de trabajo, y no hemos encontrado ninguna falla en la lógica del proyecto. Los mejores cerebros del país están trabajando en este proyecto. Se ha invertido una cantidad descomunal de dinero para hacer funcionar el prototipo. Y hemos perdido cuatro de ellos.
—¿Cuándo probareis el próximo prototipo?
—La semana que viene. Los próximos días estaré muy ocupado.
Berta sabía que aquella frase significaba que Eric apenas volvería a casa a dormir unas pocas horas. Le dio un beso y lo guió hasta la cama cogiéndole de la mano.