Gretl corría por la acera. El doctor se había avanzado ya varios metros, conocedor de la gravedad de la situación. Había recibido la llamada de su hermana avisándola de lo que iba a hacer. Ahora solo podía correr a su encuentro mientras suplicaba que no fuera demasiado tarde.
Al llegar al edificio donde compartía un apartamento con su hermana subió las escaleras mientras buscaba las llaves. Al llegar a la puerta la encontró entreabierta y encontró al doctor arrodillado junto a su hermana.
La escena que vio la dejó sin aliento. Su hermana estaba en el suelo, rodeada de un charco de sangre. En su mano aún sostenía la pequeña pistola con la que se había disparado en el pecho.
Gretl se arrodilló a su lado y trató de ayudar al doctor. La hemorragia ya parecía controlada, el médico estaba haciendo bien su trabajo. Ya apenas salía sangre entre los vendajes.
—Presione la herida —ordenó mientras dejaba su chaqueta a un lado y cogía varios instrumentos de su maletín.
—¿Por qué lo has hecho? —pregunto Gretl, entre sollozos—. Él no merece la pena. Debes olvidarlo.
Solo recibió como respuesta una serie de gruñidos de dolor por parte de su hermana herida.
—¿Es muy grave, doctor?
El doctor levantó la vista hacia Gretl y afirmó con la cabeza levemente.
Poco después, se incorporó y empezó a recoger su instrumental.
—Hay que llevarla a un hospital lo antes posible. Ya está estabilizada, pero necesitará una operación para salir del peligro.
Se abrazó al cuerpo de su hermana y empezó a llorar. No transcurrió mucho tiempo hasta que escucharon pasos en la escalera, alguien estaba subiendo de forma apresurada.
—¿Dónde está Eva? —preguntó la figura desde la puerta.
—¡Tu! Esto ha sido culpa tuya ¿Cómo te atreves a venir? —Gretl le señaló, acusándolo.
—¿Tiene un vehículo aquí? —preguntó el doctor, interponiéndose entre el visitante y Gretl—. Debería llevar a Eva a un hospital lo antes posible. Aún no está fuera de peligro.
El visitante miró a Eva y Gretl y al doctor, alternativamente. Asintió y se asomó a las escaleras del edificio. A voces, llamó a sus guardaespaldas.
—Rápido —les apremió—, hay que llevarla al hospital.
—¡Dos horas has tardado en venir! La tenías aquí encerrada, oculta a los demás —le reprochó—. Te avergonzabas de ella, no te atrevías a mostrarte en público con ella. Eso la consumía por dentro. Por eso ha actuado así.
—Eso no es verdad —empezó a defenderse el hombre.
— Ya están aquí sus ayudantes, ayúdenme a llevar a Eva al coche —El doctor volvió a interrumpir la discusión.
Entre todos, bajaron a Eva hasta el coche. Gretl fue con ella al hospital. Cuando el coche ya se había ido, el doctor volvió hacía el visitante.
—Usted es Adolf Hitler, el futuro canciller de Alemania.
—Aún no se ha firmado el nombramiento —dijo con timidez.
—Haga lo que esperamos que tiene que hacer.
Tras las enigmáticas palabras y sin dar tiempo a responder, el doctor se fue por la acera. Cuando estaba seguro de que nadie podía verlo, saco un pequeño aparato del bolsillo y habló por él.
—Gunter, lo conseguí.