Capítulo 11

        Eric estaba de pie frente a una gran pantalla, donde se veía un paisaje verde, lleno de árboles y vegetación. Cuando la imagen cambió, se podía observar un montón de chatarra de color blanco, ligeramente oxidada.

—Esto son las primeras sondas que mandamos —Eric señaló el montón de chatarra—. Por el análisis de las imágenes, calculamos que deben llevar unos diez años abandonadas allí.

        Se escucharon murmullos de admiración en la sala, que continuó en silencio.

—Los cálculos de descomposición radiactiva nos dan la cifra de dieciocho mil años.

        Esta vez los murmullos fueron más intensos.

—Hemos conseguido mandar las sondas dieciocho mil años atrás en el tiempo —hizo una pausa para que su audiencia captara lo que acaba de decir—. Y hemos conseguido devolverla intacta. Dos veces. Fracasamos las cuatro primeras veces.

        Señaló la pantalla, donde las cuatro primeras sondas que no habían podido regresar se estaban oxidando.

—Tenemos que averiguar el motivo por el que no conseguimos traer de vuelta estas sondas. Hemos lanzado ya dos viajes con éxito y no sabemos el motivo. Nuestra máximo prioridad será averiguar el motivo —señaló a un hombre con un gran bigote que estaba tomando notas y le entregó un expediente— Rudolf, vuestro departamento se encargará de esto.

—No veo cómo podremos hacerlo, sin acceso a la telemetría del vuelo —protestó Rudolf.

—Lo sé, tendréis acceso a todos los datos del lanzamiento.

        La reunión continuó otra hora más. Eric iba comentando datos y circunstancias de las diferentes pruebas que habían hecho y pidiendo a los diferentes componentes de su equipo que trabajaran en diferentes aspectos de las pruebas.

        Cuando llegó a su fin, todos partieron hacía sus despachos a iniciar las tareas encomendadas. Gunter Hassel entró entonces, acompañado de Giovanni Sábato, encargado de la seguridad de las instalaciones en las que estaban.

—Eric, Giovanni tiene noticias de Berlín —dijo algo alterado—. No parecen buenas.

—¿Qué ocurre?

—Vamos a un sitio más discreto —dijo Giovanni. Salieron de la gran sala de juntas y atravesaron el vestíbulo, accediendo al jardín exterior.

        Giovanni sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno. Aspiro profundamente el humo y lo exhaló, suspirando de satisfacción. Eric lo miró frunciendo el ceño, aborrecía el tabaco y no le gustaba la gente que todavía fumaba.

—Explícale a Eric lo que me has contado antes —apremió Gunter.

—En el ministerio corre el rumor de que hay un saboteador en el proyecto, y por eso no funcionaron los primeros cuatro lanzamientos.

        Eric abrió la boca para responder, pero no encontró nada adecuado para decir. Se quedó con la boca entreabierta unos segundos antes de responder.

—¿Cómo es posible? Todos los trabajadores han pasado por rigurosos controles de seguridad.

—Podrías llamar a tu cuñado, el que trabaja en el ministerio, para que nos dé más información.

—No creo que tenga acceso a esta clase de información —bufó Eric.

—Tenemos que adelantarnos al ministerio para presentarles algún sospechoso antes que lleguen —Giovanni, como responsable de la seguridad del Instituto estaba en una situación comprometida.

—¿Hay alguna lista de nombres?

—Mi contacto no ha podido tener acceso a esa información. Cree que todavía no lo saben de forma segura. Tienen una lista demasiado larga y quieren reducirla lo más posible.

—¿Cuándo vendrán aquí? No quiero tener por aquí a un grupo de policías husmeando. Estoy seguro que al final todo será un error.

—No lo creo, Eric —dijo Giovanni—, tienen pruebas muy sólidas al respecto, solo quieren reducir la lista de sospechosos.

        Quedaron en silencio mirándose algo asustados.

—Gracias Giovanni —Eric estrechó la mano de Giovanni, cogió a Gunter por el codo y se despidieron del italiano.

        Cuando estuvo seguro que Giovanni no los podía escuchar reanudó la conversación.

—¿Qué opinas de esto, Gunter? ¿Crees que podemos tener un agente americano en las instalaciones?

—¿Americano? —la sorpresa de Gunter extraño a Eric por lo genuina que parecía.

—Claro. Los rusos no tienen capacidad para infiltrar a nadie aquí y no creo que ningún alemán quiera trabajar para los japoneses. Eso solo nos deja a los americanos. Además, son los únicos que podrían tener los conocimientos suficientes para entender el trabajo que hacemos aquí.

—Si. Claro, por supuesto. No había valorado la cuestión.

—Será del primero de quien sospecharán —dijo Gunter señalando a Giovanni, que estaba entrando en el edificio.

        Siguieron andando, cada uno sumido en sus propios pensamientos.

—Tengo un mal presentimiento, Gunter. Esto creo que no acabará bien.

—Si —fue la escueta respuesta de Gunter.

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