John estaba observando como la lluvia empañaba los cristales de su coche. Estaba atascado en medio del tráfico de Washington y llegaba tarde a una reunión a la que no le apetecía asistir. La reunión mensual para valorar la industria y la evolución de la investigación industrial alemana.
Intentó asomar la cabeza por la ventanilla sin mojarse demasiado para valorar el estado del tráfico. Por la radio no informaban de nada que pudiera ayudarle en esa situación.
Recibió un mensaje en su consola de Sam Walters, antiguo compañero de los marines. Habían pasado juntos momentos muy duros en el norte de África y habían sobrevivido ayudándose mutuamente.
“Recuerda la reunión dentro de quince minutos. Si no acudes tendrás problemas”
La posición de John dentro del servicio de inteligencia era un tanto precaria. Solía actuar por libre, sin consultar con sus superiores en las situaciones más conflictivas. Hasta ahora había tenido suerte, ya que los resultados habían sido positivos, pero tras el desastre de la última operación en Madrid, su situación era un tanto delicada. Nadie lo quería en su equipo.
Vio un hueco en el tráfico y se desvió por una calle lateral. Aparcó el coche y consultó la distancia hasta el Pentágono. Cuatro kilómetros. En su época de recluta en los marines los podía hacer corriendo, con el equipo completo, en veinticinco minutos. Hacía demasiado tiempo de aquello. Envió un mensaje a Sam diciendo que llegaría en treinta minutos.
Salió del coche y empezó a trotar hacía el Pentágono. Tenía ropa de recambio en el vestuario de gimnasio, así que la lluvia no sería un problema.
Llego al Pentágono veintiocho minutos después, completamente empapado. Tras cruzar los controles de seguridad e ignorar las curiosas miradas del personal se dirigió al gimnasio, donde se cambió de ropa y consiguió llegar a la reunión con solo veinte minutos de retraso.
Ocupó su sitio aprovechando la penumbra de la sala mientras se proyectaban unas fotografías en la gran pantalla que había junto a la mesa redonda. Cuando se encendieron las luces, el coronel Adams fijó su mirada en él.
—Señor Roberts, gracias por llegar solo con veinte minutos de retraso —había irritación en su voz.
John miró a Sam Walters, que estaba en el otro extremo de la mesa. Este negó ligeramente con la cabeza.
—Lo siento, señor —murmuro John.
—Sigamos —continuó Adams—. Su compañero le pondrá al corriente de lo que hemos hablado hasta ahora.
La reunión siguió, mostrando cada uno de los asistentes sus conclusiones sobre la investigación en la industria alemana. Para un hombre de acción, como John, aquello era algo aburridísimo. Era el castigo por sus errores en las últimas misiones.
Poco antes de acabar la reunión, el coronel Adams se dirigió hacia John y le entregó una carpeta con apenas una docena de documentos, un par de fotografías más grandes que la carpeta sobresalían por los bordes.
—El señor Roberts se encargará de revisar la documentación que hemos recibido de una fuente cercana al Instituto de Física de Berlín —se escucharon algunos murmullos divertidos en la sala—. Parece que nuestros amigos alemanes están investigando alguna cosa nueva en sus instalaciones. El señor Mckenzie le pondrá al corriente de los detalles.
—Si señor —murmuró John, mientras buscaba con la mirada a Mckenzie.
Todos se levantaron al salir de la habitación el coronel Adams. Sam Walters se acercó y le estrecho la mano. Pudo ver como algunos de los asistentes de la reunión lo miraban con cierto menosprecio al pasar por delante de él. Muy pocos lo saludaron.
—John, debes tener cuidado con llegar tarde a estas reuniones. El coronel tiene muchas ganas de despedirte y se lo estás poniendo muy fácil.
—Había un atasco increíble, Sam —respondió John con una sonrisa—, acompáñame a buscar a Mckenzie. No tengo ni idea de lo que hay que tengo que hacer con este expediente.
Juntos hojearon el expediente. Contenía una serie de documentos con gráficas de la actividad en el Instituto de Física de Berlín. Y unas fotografías desde el satélite de unas estructuras metálicas.
Recorrieron varios pasillos del Pentágono en busca del despacho del analista Mckenzie, para que les explicara en qué consistía su petición de investigación.
Encontraron a un hombre bajo, con algo de sobrepeso. Los estaba observando detrás de unas gruesas gafas de pasta.
—¿En qué puedo ayudaros? —preguntó con aire cansado.
—¿Eres Mckenzie? Tengo una solicitud de investigación tuya sobre el Instituto de Física de Berlín.
Mckenzie se incorporó de repente, mirando a su alrededor comprobando si alguien los estaba observando y les hizo una seña para que lo siguieran. Al mismo tiempo que recogía dos gruesas carpetas de un cajón cerrado con llave.
—Por aquí. Esto tenemos que hablarlo en privado.
Los condujo hasta un pequeño despacho, que a juzgar por los restos de comida de una papelera demasiado llena usaban como comedor.
—Por fin se han dignado a escuchar mis peticiones —gruñó Mckenzie—. Creo que tenemos algo muy gordo entre manos.
John y Sam se miraron de reojo alzando una ceja. Mckenzie pareció no darse cuenta de ese detalle y abrió una de las carpetas que había recogido.
—Las instalaciones de pruebas del Instituto de Física de Berlín se construyeron para diseñar y probar nuevos motores y sistemas de propulsión para los cohetes lunares y de exploración del sistema solar, hasta hace cinco años. Ahora están desarrollando el Proyecto Astro —empezó Mckenzie, casi sin respirar—. Están usando las instalaciones para desarrollar nuevos equipos basados en las teorías del doctor Wankel.
—¿Nuevos motores? —interrumpió Sam.
— ¡No! Los nuevos equipos que están desarrollando, sea lo que sea lo que están haciendo, no son motores espaciales. Estos los están desarrollando en las instalaciones que tienen al sur de Italia, junto a sus bases de lanzamiento.
—Entonces ¿qué están haciendo?
Mackenzie suspiró frustrado.
—Esta todo explicado en mi solicitud de investigación. Están desarrollando nuevos equipos basados en las teorías del doctor Wankel.
—¿Quién es el doctor Wankel? —preguntó John.
Mckenzie gruñó y cogió la otra carpeta, mostrándoles nuevos documentos.
—El doctor Wankel desarrolló una nueva teoría para propulsar los cohetes espaciales, no sabemos cómo, pero se pueden alcanzar distancias muy lejanas, que nos llevarían meses alcanzar, en solo unas pocas semanas.
—Un momento —volvió a interrumpir John— ¿Cómo sabemos todo esto? ¿De dónde sale toda esta información?
Mckenzie los miró sorprendido.
—Tenemos un agente dentro, que nos pasa información.
—¿Es de fiar?
—Claro —fue la sorprendida respuesta de Mckenzie— ¿Por qué nos iba a engañar?
—Se me ocurren muchas razones —murmuró Sam.
—Desinformación. Hacernos perder tiempo y recursos investigando fantasmas que no existen.
—La información que nos ha pasado hasta ahora es coherente y se ha probado cierta.
—¿Esta toda la información en las carpetas? —preguntó John.
—Esta todo explicado —asintió Mckenzie.
John se levantó, recogiendo toda la documentación.
—Prefiero leer todo esto y sacar mis propias conclusiones, sin prejuicios. Gracias Mckenzie, te mantendré informado.
Mckenzie intentó iniciar una protesta, pero John ya había salido de la habitación.
—¿Qué piensas Sam?
—Podría haber alguna cosa, pero creo que solo se tratará de un caso de espionaje industrial —Sam se encogió de hombros—, creo que descubrirás que están intentando mejorar nuestros propios sistemas de propulsión.
Se despidieron con un cálido abrazo, John se encaminó hacía su despacho, que compartía con un antiguo comandante de los Marines, al que le quedaban unos meses para el retiro. Mientras se dedicaba a recopilar información sobre la producción industrial civil de Alemania.
John acabó de leer el informe sobre la teoría del doctor Wankel. Estaba confuso por los fracasos alemanes en el intento de probar la viabilidad de la teoría. Por la información de la que disponían, deberían haber tenido éxito hacía meses, cuando consiguieron poner en marcha el motor del prototipo.
Según la fuente, el prototipo había partido con éxito, pero no había sido capaz de regresar. John frunció el ceño perplejo. Le costaba seguir la base teórica del proyecto. Durante su carrera militar había aprovechado para estudiar ingeniería y conocía los conceptos básicos en los que se basaba la teoría, pero no alcanzaba a entenderla por completo. Necesitaba ayuda.
—Veo cómo te sale humo de la cabeza, John.
John miró a su compañero de despacho, Josef Moler.
—No consigo entender la teoría básica del Proyecto Astro. ¿Sabes si hay algún físico teórico con acreditación de seguridad al que le pueda enseñar esto?
—¿Para qué quieres perder el tiempo con esto?
—El coronel Adams me ha asignado una petición de los chicos de Ciencia para investigar que están haciendo en el Instituto de Física de Berlín. Han invertido una cantidad de dinero increíble —le mostró la gráfica, con las aportaciones de cada ministerio. Josef lanzó un silbido—. Exacto, es una cantidad desproporcionada para lo que dicen que están haciendo.
—¿De dónde sale la información inicial?
—Hay alguien dentro que nos pasa información. Por cierto —añadió—, tendríamos que ponerle un nombre en clave a esta persona, no tenemos ningún dato de él o ella. Y aún no se le ha asignado ningún nombre. No tengo ningún dato ni referencia a de quien puede ser, pero hay que asignarle un nombre.
—¿Qué te parece COPERNICO?
—Muy oportuno —sonrió John— ¿Sabes si hay algún científico que me pueda echar una mano con toda esta documentación? no consigo aclararme.
—Creo que en Boston hay un profesor universitario que podría ayudarte. Te paso los datos en cuanto los encuentre.
Josef empezó a buscar en los cajones de su mesa. En seguida le mostró satisfecho un trozo de papel.
—Doctor en física Michael Reynolds. Da clases en el MIT de Boston.
—Voy a buscar un vuelo para mostrarle esta documentación.
—Estás perdiendo el tiempo. Creo que todo es un engaño de los alemanes, para hacernos bailar con su música.
—Sí, pero tenemos que comprobarlo.
John salió en dirección al despacho del general Brown, su jefe de sección. El general Brown estaba por encima del coronel Adams. John le explicó los detalles de la investigación y le pidió permiso para explicarle al doctor Reynolds toda la investigación, para entender lo que estaban haciendo los alemanes. El general Brown le dio permiso, lo conocía desde su época en los marines y confiaba en John.
El día siguiente, en el vuelo de Washington a Boston, John volvió a leer los informes y las bases teóricas del experimento alemán. Si los informes eran correctos, Alemania había destinado una cantidad enorme de recursos, tanto económicos como materiales para conseguir el éxito en la aplicación de las teorías del doctor Wankel.
El trabajo del doctor Wankel era casi un desconocido en Estados Unidos. No era de extrañar, desde la guerra la tensión había crecido entre los dos países. Estados Unidos y Alemania se habían erigido como las dos grandes potencias mundiales, cada uno de ellos con su área de influencia. En la práctica casi todos los países estaban alineados con uno de los dos bandos.
En la última gran guerra, Estados Unidos había conseguido mantenerse neutral. En mil novecientos cuarenta Alemania inició una guerra relámpago conquistando toda Europa. Cayeron todos los países occidentales, quedando solo Gran Bretaña aislada. Alemania invadió la isla y controló la parte sur del país con rapidez. Tras seis meses de lucha, Alemania controlaba Inglaterra y Gales, quedando Escocia e Irlanda como último reducto de resistencia al poder alemán. Gran parte de las colonias británicas pasaron a estar bajo control alemán, en especial las del norte de África.
En mil novecientos cuarenta y dos tras consolidar su dominio sobre Europa Occidental, Alemania atacó Rusia, tomándola desprevenida. Las experimentadas tropas alemanas destrozaron las obsoletas defensas rusas. Rusia había confiado en las promesas y los pactos de no agresión que había firmado con Alemania. Antes de ese ataque. Los agentes alemanes se habían encargado de iniciar un movimiento de disidencia contra los dirigentes rusos, lo que provocó una serie de purgas que debilitaron al ejército, privándolo de los mandos más capacitados para liderar la defensa del país del ataque alemán. Alemania alcanzó Moscú en cuatro semanas y colocó un gobierno títere controlado desde Berlín.
Rusia había pedido ayuda a Estados Unidos, como había hecho unos años antes Gran Bretaña, pero éste estaba ocupado luchando contra Japón. Un año antes, Japón había atacado a Estados Unidos, lo que provocó el estallido de la guerra en el Pacífico. Estados Unidos puso en marcha su maquinaria militar, derrotando a Japón en cuatro años.
En mil novecientos cuarenta y seis, Alemania y Estados Unidos ya habían ganado sus respectivas guerras, quedando como dos grandes adversarios. Se firmaron pactos de no agresión al mismo tiempo que se desplegaban cientos de agentes para espiar a la otra parte.
Cuando escuchó el aviso de que el avión iba a aterrizar, John cerró la carpeta que había preparado para el doctor Reynolds y se preparó para el aterrizaje. El vuelo entre Washington y Boston había durado apenas una hora con los nuevos modelos de aviones supersónicos que estaban desplegando las compañías aéreas.
Usando sus credenciales del gobierno, salió rápidamente del aeropuerto, evitando los controles de seguridad. En los últimos tiempos, habían vuelto a aumentar los controles por los atentados de las milicias por todo el país.
El taxi lo llevo hasta el campus del Instituto Tecnológico de Massachusetts, el MIT. El día anterior se había encargado de concertar una entrevista con el doctor Reynolds. Cuando llegó lo estaba esperando en su despacho.
—Buenos días, señor Roberts —le estrechó la mano— ¿Ha tenido un buen vuelo?
—Sí, ha sido un vuelo tranquilo.
—Creo que quiere hacerme una consulta sobre el trabajo del doctor Wankel en Alemania.
—¿Lo conoce?
—Tuve el placer de saludarlo hace unos años, en una conferencia a la que asistí en Viena y he tenido ocasión de leer sus trabajos. Hace varios años que no publica nada, ahora que lo menciona.
—Puede darme su opinión sobre su último trabajo. Creo que no se ha publicado todavía en Estados Unidos. Le recuerdo que todo lo que hablemos en esta reunión es secreto —añadió John, antes de darle la documentación.
—Por supuesto.
El doctor Reynolds empezó a leer la documentación. De vez en cuando levantaba una ceja o murmuraba alguna palabra que John no podía entender. John salió al pasillo en busca de una máquina de café.
Cuando volvió al despacho, el doctor Reynolds estaba tecleando datos en su consola. Esto alarmó a John, esa información era alto secreto y no podía tomar notas.
—Solo estoy haciendo algunos cálculos para verificar las conclusiones —le tranquilizó—, cuando acabe lo borraré todo.
—De acuerdo —asintió John, haciendo un gesto con la mano—. ¿Qué le ha parecido?
Michael Reynolds levantó una mano, pidiendo tiempo para acabar los cálculos. Más de diez minutos después, levantó la vista de la pantalla, se reclinó en su asiento y se llevó las manos a la cabeza.
—¿Y bien? —volvió a preguntar John.
—Esta teoría es muy atrevida. Es un nuevo enfoque a la Teoría de Cuerdas.
—¿Le parece viable?
—Claro. Como cualquier teoría. Sobre el papel, cualquier teoría puede ser viable. Pero al llevarla a la práctica aparecen los problemas —meditó unos segundos—. No creo que pueda pasar de ser una teoría atrevida.
—Ya se ha construido un prototipo y se ha puesto en marcha.
El doctor Reynolds se levantó de su asiento y empezó a andar por el despacho agitando los brazos y farfullando.
—Pero eso es imposible. No puede ser. Las implicaciones de lo que ha dicho… Los requerimientos de energía deben ser enormes —se detuvo y miró a John Roberts— ¿Está completamente seguro de lo que ha dicho? ¿No será una complicada operación de desinformación para hacerle perseguir fantasmas?
—La información es de una fuente considerada fiable.
—Los requerimientos de energía deben ser enormes.
—Se ha destinado la producción de una central nuclear cercana para alimentar al proyecto.
—¿Cuánta gente hay trabajando en él?
—En los últimos cinco años se ha creado un pequeño pueblo de diez mil habitantes alrededor del Instituto de Física Aplicada.
Michael Reynolds se detuvo y miró a John con incredulidad.
—¿Ha dicho que se ha construido un prototipo?
—Sí. Según nuestra fuente, ya lo han puesto en marcha.
—No puede ser. Lo habríamos detectado. Se habrían detectado oscilaciones en el campo gravitatorio de la Tierra.
—¿Qué quiere decir? —se extrañó John.
Michael abrió los ojos de repente, como si hubiera comprendido algo de vital importancia justo en ese momento.
—No sabe lo que hace ese prototipo ¿verdad?
—No —tuvo que admitir John.
Michael se volvió a sentar detrás de su mesa.
—Es una máquina del tiempo. La teoría del doctor Wankel plantea las bases para poder viajar en el tiempo.
John miró al doctor Reynolds mientras sonreía.
—Me está tomando el pelo —dijo, pero la cara del doctor Reynolds le dijo que no estaba bromeando—. Eso es imposible. No se puede viajar en el tiempo.
—Según la teoría de la Relatividad General, no. No se puede viajar en el tiempo. Solo se podría viajar hacia adelante en el tiempo, nunca hacía el pasado. Pero —añadió levantando un dedo—, según esta teoría, sería posible.
—¿A cualquier época?
—Aquí es cuando las cosas se ponen interesantes.
—¿Qué quiere decir?
Michael Reynolds inspiró profundamente antes de responder.
—Primero debemos dejar claro que todo esto es teórico ¿de acuerdo? —John asintió para que pudiera continuar—. Admitiendo la posibilidad de viajar en el tiempo, hay dos grandes hipótesis: los que creemos que no se puede viajar a un pasado cercano, y los que creen que sí.
—¿Qué diferencia hay?
—Según el primero, solo se puede viajar a un pasado remoto, donde los cambios que efectuemos no afecten a nuestra realidad. Es decir, no podríamos viajar al pasado para matar a nuestro abuelo ¿Conoce la paradoja del abuelo?
—Sí, si viajamos al pasado y matamos a nuestro abuelo, por accidente o a propósito, no habríamos podido nacer. Al no haber nacido, no habríamos podido viajar al pasado a matar a nuestro abuelo, por lo que no habría muerto. Pero entonces, si no ha muerto, habría nacido, por lo que podría viajar a matarlo —John movió la mano en círculos—. Y así de forma indefinida.
—Esa sería la versión resumida. Además, hay que tener en cuenta el grado de determinismo del universo en el que estamos, y eso es algo que no podemos saber.
—¿Qué es el determinismo?
—El grado de determinismo del universo nos indica si tenemos elección en nuestras acciones.
Al ver la cara de confusión de John, Michael Reynolds se apresuró a continuar su explicación.
—Nos indica si es inevitable que ocurran las cosas como han ocurrido y nuestra capacidad para cambiarlas —Michael inspiró antes de continuar—. En el ejemplo que he comentado antes, la paradoja del abuelo, en un universo con un alto grado de determinismo, no podríamos variar los acontecimientos. Es más, sus actos podrían propiciar que ocurrieran.
—¿Cómo sería posible?
—Por ejemplo, si viaja al pasado y consigue matar a su abuelo, al regresar a su tiempo, usted sigue existiendo, no ha podido evitar su propio nacimiento. Podría ocurrir que su abuela tuviera un amante desconocido para usted. Al desaparecer su abuelo, ella se consuela con él y queda embarazada. Al quedar embarazada decide decir que es de su difunto marido. En este caso, por más que lo ha intentado, realmente lo que ha hecho ha sido propiciar los hechos que quería evitar. Ha provocado el nacimiento de su padre y luego el suyo propio.
El doctor Reynolds dejo que John asimilara la información antes de seguir con su explicación.
—En cambio, sí solo podemos viajar a un pasado remoto, los cambios que podamos hacer no afectarían a nuestro presente y evitaríamos las paradojas. Las leyes de la física no nos permitirían viajar a un pasado reciente, solo a decenas o cientos de miles de años al pasado —Michael hizo una pausa y antes de que John pudiera hablar continuó—. La otra gran teoría defiende que sí es posible viajar a un pasado cercano, pero al intentar matar a nuestro abuelo, no podríamos hacerlo.
—¿Cómo?
—No lo sabemos. Podría ser que, al ir a disparar la pistola, esta se atascara. O que el vehículo que usáramos se estropeara y no llegáramos a nuestra cita con él. Podría ser que cualquier cosa que intentara, no funcionara. Que ocurrieran accidentes que lo impidieran uno detrás de otro.
—¿Quiere decir, que algún tipo de fuerza superior podría impedir que alcanzara mi objetivo?
—Sí, pero no creo en entes superiores, por eso creo que este tipo de viaje en el tiempo es imposible. Aunque —añadió—, en el caso de poder hacerlo, la forma de evitar las paradojas sería que, con cada acto que afectara a nuestro futuro, se crearan realidades paralelas.
—¿Qué quiere decir con realidades paralelas?
—Volviendo a nuestro ejemplo de viajar al pasado y matar a nuestro abuelo. Al hacerlo, estaríamos creando un universo paralelo donde nuestro abuelo ha muerto y nosotros no existimos. Al regresar a nuestro presente, seguiríamos nuestra línea temporal desviándonos de la línea temporal donde nuestro abuelo a muerto y nosotros no existimos. Según esta teoría, con cada decisión nuestra, se están creando nuevos universos.
—Se ha construido un prototipo, según nuestra fuente han conseguido enviarlo al pasado, pero no han sido capaces de que volviera ¿Cómo puede encajar en alguna de estas teorías?
—No lo sé —se encogió de hombros—. Es posible que estén enviado el prototipo demasiado cerca, en términos temporales y según mi hipótesis algo este destruyéndolo. De todas formas, creo que, aunque tengan una fuente muy fiable que diga lo contrario, no han podido construir una máquina del tiempo. Y mucho menos ponerla en marcha. De todas formas, este campo de estudio no encaja dentro de mi especialidad. Tendría que hablar con alguien especialista en la Teoría de Cuerdas.
—¿A quién me recomienda?
—Le voy a enviar unos nombres a su correo electrónico. El primero de ellos es, en mi opinión, su mejor opción.
—Muchas gracias.
John se levantó recogiendo los documentos que le había entregado al doctor Reynolds, dando por concluida la entrevista.
—De todas formas —añadió Michael—, creo que está persiguiendo un fantasma. No creo que sea posible viajar en el tiempo. De hecho, espero que no sea posible hacerlo —añadió, enfatizando cada palabra.
—¿Por qué lo dice?
—No se imagina lo que podría ocurrir si alguien se dedica a viajar por el tiempo cambiando los momentos históricos según su conveniencia. Estados Unidos podría seguir siendo una colonia inglesa, aún podría existir el imperio romano, Japón podría haber ganado La Guerra.
—Entiendo.